
Nacido en Coronel Pringles en 1949, Cesar Aíra uno de los secretos de la literatura, se desempeña como traductor de Jan Potocki o Saint-Exupéry y otros, novelista, dramaturgo y ensayista, laborando dentro de diarios y revistas, dentro de los cuales publica sus ensayos de distintos autores reconocidos. En sus inicios el estuvo dispuesto a ser señalado como “loco” ya que sus novelas están basadas en un particular modo de vanguardia enfocada en la transparencia, el absurdo y lo fantástico.
Cesar Aíra como algunos otros novelistas, ha brindado cursos en algunas escuelas como en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de Rosario. Tenía una amplia producción de las letras argentinas, ya que ha publicado más de treinta libros. Sus novelas con Moreira, Ema la cautiva, La luz Argentina, Las ovejas, Canto castrato, Una novela china, Los fantasmas, El bautizo, La liebre, Embalse, La Guerra de los gimnasios, La prueba, El llanto, Madre e hijo, Como me hice monja, El infinito, La costurera y el viento, Los Misterios de Rosario, Los dos payasos, Abeja, La trompeta de mimbre, La serpiente, El sueño, Las curas milagrosas del Dr. Aíra, La Mendiga y el Congreso de Literatura. Pero su mejor novela “Como me hice monja” publicada en España en 1998, fue elegida como una de las diez mejores en Argentina.
Esta novela se basa en su autobiografía enfocándose principalmente en su niñez en sus escasos seis años, en una de las etapas con gran confusión, lleno de sentimientos encontrados como temores, corajes que iban acompañados de lágrimas y gritos amargos de terror. Esta novela va disfrazada sutilmente con el fin de engañar al lector ya que en ciertas líneas se refiere al personaje como una niña y en otras como un niño. Narra como fue su convivencia con sus padres el maltrato verbal que en ocasiones recibía, abriendo este novela una descripción minuciosa de su primer helado, suceso con el cual se desglosan otras hazañas, como su visita al doctor por consumir un helado de frutilla en mal estado, hecho con el cual el padre es acreedor a un encierro debido al maltrato que le da al heladero, causando en el pequeño un gran temor por las acciones violentas que presenciaba. El final de la novela es algo dramático ya que es cuando la viuda del heladero se presenta con el infante, dirigiéndose a el con un tono algo alto y ofreciéndole algo de helado de frutilla sabor con el cual se había desencadenado la furia del padre, fue así como le recordaba el momento en que se llevo a cabo el hallazgo. Aquí unos fragmentos de ese evento:
Cesar Aíra como algunos otros novelistas, ha brindado cursos en algunas escuelas como en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de Rosario. Tenía una amplia producción de las letras argentinas, ya que ha publicado más de treinta libros. Sus novelas con Moreira, Ema la cautiva, La luz Argentina, Las ovejas, Canto castrato, Una novela china, Los fantasmas, El bautizo, La liebre, Embalse, La Guerra de los gimnasios, La prueba, El llanto, Madre e hijo, Como me hice monja, El infinito, La costurera y el viento, Los Misterios de Rosario, Los dos payasos, Abeja, La trompeta de mimbre, La serpiente, El sueño, Las curas milagrosas del Dr. Aíra, La Mendiga y el Congreso de Literatura. Pero su mejor novela “Como me hice monja” publicada en España en 1998, fue elegida como una de las diez mejores en Argentina.
Esta novela se basa en su autobiografía enfocándose principalmente en su niñez en sus escasos seis años, en una de las etapas con gran confusión, lleno de sentimientos encontrados como temores, corajes que iban acompañados de lágrimas y gritos amargos de terror. Esta novela va disfrazada sutilmente con el fin de engañar al lector ya que en ciertas líneas se refiere al personaje como una niña y en otras como un niño. Narra como fue su convivencia con sus padres el maltrato verbal que en ocasiones recibía, abriendo este novela una descripción minuciosa de su primer helado, suceso con el cual se desglosan otras hazañas, como su visita al doctor por consumir un helado de frutilla en mal estado, hecho con el cual el padre es acreedor a un encierro debido al maltrato que le da al heladero, causando en el pequeño un gran temor por las acciones violentas que presenciaba. El final de la novela es algo dramático ya que es cuando la viuda del heladero se presenta con el infante, dirigiéndose a el con un tono algo alto y ofreciéndole algo de helado de frutilla sabor con el cual se había desencadenado la furia del padre, fue así como le recordaba el momento en que se llevo a cabo el hallazgo. Aquí unos fragmentos de ese evento:
¿Sabes quién soy, mocoso idiota? Soy la mujer del heladero que mató la bestia de tu padre. ¡La
Viuda! ¡Esa soy!
No dijo más. En el salón había una cantidad de trastos metálicos: los restos de la heladería. Lo tenía todo preparado. Encendió un motorcito (las conexiones eran precarias, esa instalación no debía servir más
que para una sola ocasión) y por debajo de su zumbido se oyó el glu-glú de una crema que se batía. Echó
una mirada adentro de un tambor de aluminio, tiró la tapa al suelo, apagó el motor... Metió la mano y la
sacó cargada de helado de frutilla que le chorreaba entre los dedos...
—¿Te gusta?
Yo estaba paralizada, pero sentí los preparativos de mi autómata de madera para una última
"afirmación sonriente", todavía... Eso era la cumbre del espanto... Por suerte no me dio tiempo. Saltó
sobre mí, me levantó en vilo como a una muñeca... No me resistí, estaba dura... No se había limpiado la
mano enchastrada de helado, que me traspasó la camisa a la altura de las axilas y me produjo una
cosquilla de frío. Me llevó al tambor y me arrojó adentro de cabeza... era un tambor grande y yo era
diminuta, y como la crema no estaba muy sólida logré girar hasta tocar con los pies en el fondo. Pero ella
puso la tapa antes de que yo lograra asomar la cabeza, y la enroscó sobre la crema que rebalsaba. Contuve
el aliento porque sabía que no podría respirar hundida en el helado... El frío me caló hasta los huesos... mi
pequeño corazón palpitaba hasta estallar... Supe, yo que nunca había sabido nada en realidad, que eso era
la muerte... Y tenía los ojos abiertos, por un extraño milagro veía el rosa que me mataba, lo veía
luminoso, demasiado bello para soportarlo... debía de estar viéndolo no con los ojos sino con los nervios
ópticos helados, helados de frutilla... Mis pulmones estallaron con un dolor estridente, mi corazón se
contrajo por última vez y se detuvo... el cerebro, mi órgano más leal, persistió un instante más, apenas lo
necesario para pensar que lo que me estaba pasando era la muerte, la muerte real...
Esta novela me hace pensar que la hizo debido a que fueron hechos que lo marcaron bastante en su vida, cosas que no olvidaba fácilmente y mucho menos en una etapa como la es la niñez.
